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Viajar como metáfora

Nada urbano me es ajeno

Viajar como metáfora

Leer este artículo te llevará aproximadamente 3 minutos

Por Mariano Tonero

Ya hablamos en este espacio sobre la dificultad de moverse por la ciudad. Hablamos de la rapidez, ese (imposible) imperativo de la época. Y hablamos de la (supuesta) quietud de las plazas. Hoy la propuesta es otro imposible: viajar en la ciudad. Para ello debemos abandonar todo cálculo, toda búsqueda de resultados. Todo destino.

Hace unos años, en una ciudad, se promovió una iniciativa para que los habitantes hagan turismo en la misma, un programa municipal que, según se informaba, apuntaba “a democratizar el territorio impulsando recorridos guiados para que los vecinos puedan mirar y conocer la ciudad con ojos de turista…”. No es de nuestro interés juzgar esa propuesta, de seguro bienintencionada. Pero sí hacer un ejercicio contra ella, para ver si extraemos de ahí los supuestos sobre la ciudad que nos impiden una real experiencia de viaje. Porque aunque no sabemos si ese programa aún continúa, sabemos que existe y que existía desde antes un imaginario de placer asociado al turismo del que es muy difícil apartarse. Y que ha condicionado hasta la modificación nuestra manera de andar por las ciudades. O mejor dicho, la manera en que nos proyectamos disfrutando de andar por la ciudad.

Ser turista, y todos en algún momento y de algún modo lo somos, es como ser un viajero domesticado; un viajero que compra empaquetado y ha abandonado el ejercicio de la perplejidad ante lo desconocido. Porque mientras el viajar ha sido siempre un abrirse a la aventura, una apuesta y un riesgo eventual, el turista, por el contrario, sólo busca constatar; descansa en el goce por la mera verificación.

Hay en el turista una tendencia a la acumulación: de nombres, de sitios, de fechas. De los lugares “que no podés dejar de visitar”. Un semblante, en cambio, define al viajero, y es el pesar por la insuficiencia de elementos para aprehender lo que ve.

Pero entonces, ¿cabe el viaje así definido en ciudades como la nuestra? ¿A dónde vamos en la ciudad? Aunque parezca extraño, dado que nuestro movimiento por la ciudad es casi estrictamente funcional (mayormente vamos y venimos del trabajo), algo del turista nos acecha a cada instante. ¿Será que en él, en el turista que nos habita, piensan los que piensan en la ciudad y el transporte? Es decir, ¿en un sujeto que sólo tiene ojos para lo que conoce, un sujeto temeroso y siempre apurado entre un punto y otro? ¿Alguien que prefiere ir a lo seguro, que se conforma (o se resigna) y que no le interesa o es incapaz de modificar lo que ve?

Lo sabemos, pero admitirlo implica asumir el problema en el que estamos metidos: la idea misma de transporte supone cierta pasividad. Nuestra. Cierto acarreo.

Sin embargo los viajes no se dejan eliminar. Un espíritu inquieto pervive y asoma o nos asalta en momentos inesperados. Porque los viajes, como la desenvoltura, comienzan cuando se rompe un itinerario, se interrumpe un recorrido, cuando algo se sale de lugar. Es entonces que sólo vale tener un corazón ligero para que la ciudad, a cada paso, nos revele sus secretos.

MT

Es tiempo de compartir!

1 comentario en «Viajar como metáfora»

  1. carina dice:

    así es, de los viajes recuerdo mucho las interrupciones, y de esas, puedo dar cuenta

    Responder

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