¿Quién piensa la ciudad?

 

Nada urbano me es ajeno

¿Quién piensa la ciudad?

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Obra de Antonio Seguí. 1997. Acrílico sobre tela

Por Mariano Tonero

O planteado de otra forma: en la era de la hiper-especialización disciplinar, ¿que saber le conviene a lo urbano? Este es un tema que excede largamente nuestro espacio y nuestras competencias. Pero dejaremos aquí unos apuntes con la convicción de que si existe una verdad sólo podemos acceder a ella como a una experiencia emanada del debate, siempre compuesto por miradas parciales, incompletas e insuficientes.

Decíamos que desde muchas disciplinas la ciudad ya tiene quién le escriba. Sin embargo, cuando observamos los problemas de la ciudad, nos queda la sensación de que a todas esas perspectivas les falta algo, como si algo de la ciudad se nos sustrajera si no apelamos a un pensamiento o sensibilidad particular.

Nos referimos puntualmente a una suerte de saber democrático, ordenador y orientador de todas las demás miradas.

Y cuando hablamos de lo democrático del saber sobre la ciudad, no estamos pensando en la Grecia antigua. No estamos en el siglo de Pericles, ni en Atenas, ni bajo la misma forma de democracia. Y lo más importante, no reducimos la cuestión de la democracia a un conjunto de fórmulas y procedimientos institucionales.

Estamos hablando de un saber compartido por todos, que podemos llamar también saber ciudadano, que implica reconocer que estamos igualados desde el vamos por una potencia imaginativa capaz de elaborar una idea de ciudad. Una idea que no significa nada sino en la comunidad de las ideas libremente expresadas, y que no renuncia al deseo por aferrarse a lo que posibilitan los mecanismos meramente formales.

 Poco que ver tiene esta noción con ese promedio de pasiones tristes llamada opinión pública, que no es otra cosa que personas reducidas a sus más oscuros impulsos, y los grandes temas de la vida en la ciudad sometidos a los índices de audiencia en gabinetes de expertos en el mercado de las influencias.

Este saber, que es preciso atender y desarrollar, nos resguarda de la tentación por lo panorámico en que se diluyen las diferencias y particularidades que nos enriquecen. Y nos previene de cualquier autoritarismo del control, oculto detrás de promesas de vigilancia securitista.

Un pensamiento democrático sobre las ciudades significa apelar al vitalismo de la inteligencia, que es siempre incluyente, que entiende que la igualdad no anula las diferencias, que es alianza imprevista de elementos, para componer en la conciencia de los ciudadanos e instituir en lo material nuevas dignidades urbanas.

Cada ciudadano aloja un pedacito de la ciudad que todos deseamos. Por eso la ciudad le pertenece. Porque le pertenece como un derecho, el derecho del que la imagina y la produce. Y porque los derechos suponen una dimensión no mercantil de lo que se posee.

El discurso competente, los expertos, las tecnocracias que separan a los ciudadanos del destino de sus ciudades, han hecho lo suyo en este vivir penoso. Por eso la pregunta por quién piensa la ciudad es una manera de hablar de una restricción. Pero también, y esto es más importante, una apuesta por más formas de apertura y participación, de militancia y activismo, con la confianza en el ingenio, la imaginación y la solidaridad de las personas.

MT

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