Senderos, experiencias y personas: Otra forma de planificar nuestro ambiente

Senderos, experiencias y personas: Otra forma de planificar nuestro ambiente

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  • No es un problema cultural, es un problema de diseño
  • Los beneficios de estudiar UX impacta, también, en el comercio y la economía
  • Finlandia, Chile: asos de UX aplicado al urbanismo

Equipo UX de Iúnigo

Fuente: Steffen Kalve

Un recurso muy común, utilizado por los diseñadores de experiencia de usuario para explicar qué es la experiencia de usuario (Donal Norman es el psicólogo cognitivo que acuñó el término UX, user experience), es una imagen de una plaza que fue intervenida o hackeada por las personas. 

En la imagen, por un lado, se ve el trazado del camino con baldosas en perfecto estado. Por otro lado, se destaca un sendero de tierra, por el medio del césped, que atraviesa todo el parque. Un sendero que fue generado por el uso intensivo de las personas.

Al ver la imagen podemos hacernos varias preguntas: ¿por qué las personas trazaron ese sendero?, ¿por qué prefieren ensuciarse cuando tienen la posibilidad de realizar un trayecto sobre un camino más lindo y limpio?, ¿les gusta estropear el césped o vandalizar un parque porque sí?

La respuesta es muy simple. El sendero cubre de mejor manera la necesidad de esas personas. Es un camino más corto y más directo hacia su destino. 

Por lo tanto, el problema no responde a una cuestión cultural, falta de cuidado o el desinterés de las personas por el patrimonio público. El problema es previo a todo eso y reside en el diseño. Puntualmente, en el momento de hacer los planos de esa plaza, no se tuvieron en cuenta las necesidades y los hábitos de las personas. El diseño de esa plaza responde a la concepción previa (modelo mental) del arquitecto o responsable del diseño, que colisiona con los intereses reales de las personas y se transforma en una mala experiencia de uso.

El diseño de la experiencia del usuario es una práctica orientada a mejorar la vivencia que tienen las personas a la hora de utilizar un producto o un servicio del mundo digital o físico. Pero también se enfoca en los objetivos de negocios para que estos se cumplan, adaptándose a las necesidades de las personas. Esa característica termina finalmente convirtiéndose en un diferencial para aumentar el valor del negocio.

Volviendo a la imagen de la plaza, esos senderos, en el mundo de los paisajistas y arquitectos urbanos, se denominan caminos del deseo (desire paths). En el libro Principios universales del diseño se definen estos caminos del deseo como “huellas que indican los métodos preferidos de interacción con un objeto o un entorno”. Es una excelente analogía para entender cómo la experiencia de usuario y la investigación de usuarios pueden ayudar al diseño de las ciudades.

En el artículo “Menos resistencia: cómo los caminos del deseo pueden conducir a un mejor diseño” (Least Resistance: How Desire Paths Can Lead to Better Design), Kurt Kohlstedt, autor del libro The 99% Invisible City, hace referencia a los casos de las universidades de Virginia Tech y UC Berkeley de California. Allí se consideraron estos senderos para repensar los caminos de sus parques y campus. Observaron el tránsito de los estudiantes, docentes y administrativos y rediseñaron todo su trazado.

Fuente: Austin Knight, Desire Paths and Real World UX

No solo se mejoró el tránsito en todos ellos, sino que además se redujo el costo de limpieza de los edificios en las épocas de lluvia, cuando se acumula barro y se forman charcos en esos senderos.

Existe una relación intrínseca entre el diseño urbano y la movilidad. La tendencia natural que se siguió a lo largo del siglo XX fue adaptar las ciudades para mejorar el tránsito automotor. Las autopistas y las avenidas anchas dominaron el paisaje urbano y con ello surgieron nuevos problemas complejos de resolver.

Hoy, las variables ineludibles para mejorar la calidad de nuestro hábitat son la sustentabilidad, la descentralización de zonas comerciales o gubernamentales y la movilidad alternativa y más limpia.

Además de contar con avances extraordinarios, como la inteligencia artificial, la realidad aumentada, el reconocimiento de voz y facial, que nos permiten, desde la tecnología, desarrollar mejoras que impactan en nuestra calidad de vida, todavía el factor crucial para entender y mejorar nuestros espacios de vida se centra en las necesidades de las personas. El entendimiento profundo de sus problemas en relación con su barrio, su sistema de transporte y sus costumbres.

Para poder alcanzar ese nivel de conocimiento debemos enfocarnos en quiénes son las personas usuarias, cuáles son sus objetivos, qué tareas realizan y en qué contexto las llevan adelante.

Otro punto importante que se desprende del diseño centrado en las personas es el diseño universal. La vida pública debe pensarse y diseñarse de forma inclusiva. Los barrios, los parques y todos los espacios que conforman una ciudad deben responder a las necesidades de las personas con discapacidad. La accesibilidad es un valor que mejora la vida de todas las personas. El mejor ejemplo son las rampas para sillas de ruedas en las veredas. Dejó de ser un elemento de uso exclusivo. Les facilita el desplazamiento a personas con bastones, niños y niñas con mochilas con ruedas cargadas de útiles, adultos con changos cargados de compras del supermercado y a personas no videntes que siguen la pista de las baldosas podotáctiles que las rodean.

Fuente: Buenos Aires Ciudad Nuevas rampas en las comunas de la ciudad

La forma de llevar adelante estos procesos se materializa con el diseño participativo. Luego de investigar y de identificar a los usuarios, se los invita a participar en talleres grupales para que, por medio de diferentes actividades, se llegue a construir una propuesta concreta que incluya la solución de sus problemas.

Hay muy buenas iniciativas ya realizadas, con diferentes niveles de concreción, pero que sientan excelentes bases para mejorar la calidad de vida de las personas. Uno de esos casos es el proyecto llevado a cabo por Mariana Salgado, diseñadora e investigadora argentina que está trabajando en Inland Design, un laboratorio de innovación y diseño dentro del Ministerio del Interior de Finlandia. El proyecto, denominado Nuestra ciudad, tiene como objetivo facilitar el encuentro multicultural entre diferentes comunidades. Para tal fin, se eligió un barrio de la ciudad de Helsinki, donde vive un 30% de inmigrantes.

En ese momento, sus habitantes se oponían a la construcción de un complejo de viviendas propuesto por la municipalidad, porque se destruiría una parte importante del bosque de ese barrio. Con un grupo de estudiantes de Arquitectura y de Geografía se organizó una serie de workshops con niños, adultos, inmigrantes y finlandeses del barrio. Con los resultados se construyó una alternativa del plan urbanístico del área. 

Otra gran iniciativa, un poco más cercana, se llevó a cabo en Chile, con su Laboratorio de Gobierno. Unas de las necesidades más urgentes en zonas costeras son los resultados de los desastres naturales y cómo enfrentar esas catástrofes. Un equipo de estudiantes y profesores trabajaron con los pobladores afectados y encararon tres desafíos concretos. Cómo diseñar viviendas de emergencia temporales para cobijar a las personas afectadas, cómo diseñar una plataforma de visualización de datos para prevenir y predecir los desastres naturales y cómo articular una reacción comunitaria organizada y autónoma en las 72 horas posteriores a la emergencia. La iniciativa se denominó PLEVEC.

Más allá de las diferencias sociales, económicas y geográficas de estos proyectos, encuentran un hilo conductor unívoco y poderoso: las personas y sus necesidades. 

En conclusión, repensar los marcos de planificación urbana desde el diseño participativo nos abre la posibilidad de descubrir áreas de oportunidad para mejoras innovadoras. Ajustar nuestra perspectiva para entender las interacciones entre las personas y los espacios/servicios y dispositivos digitales definirá el terreno ideal para soluciones sistémicas que hagan una diferencia notoria y con un altísimo impacto social.

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