Normalicemos la empatía

 

Normalicemos la empatía

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Por Celina Ruiz

En este tiempo que nos ha puesto a prueba a todos, una cafetería en Dallas espera que la amabilidad le cambie el día a muchas personas. LaLaLand Kind Café es una empresa que cree que su éxito se mide por el impacto positivo que tiene en la sociedad. 

“Nos subimos a un automóvil pensando que sería divertido felicitar a la gente”, dijo su CEO y fundador. “No pensamos que millones y millones de personas verían eso como algo tan loco”. La compañía publica videos de “amabilidad” que han sido vistos por millones en TikTok.

La idea es esta. Un camioncito que se hace llamar “Policía de la amabilidad” recorre las calles y unos jóvenes con megáfono en mano sorprenden a los transeúntes con mensajes amables: 

– ¿Sabías que sos hermosa?
– Señor ¿le dijeron alguna vez que tiene una bella sonrisa?
– ¡Qué radiante estás hoy! Te amamos!
– ¡Gracias por regalarnos tu alegría!

La respuesta de las personas es asombrosa. Las reacciones son por supuesto sorpresa y una profunda emoción. “Me cambiaste el día”, dice un adulto mayor que pasea su perro arrastrando los pies sin mucho entusiasmo en unos de los videos. Y las escenas se repiten: los rostros cambian, el paso se hace ligero, la incredulidad da paso al agradecimiento.

La campaña tiene un lema: “normalicemos la amabilidad” y se hizo viral en las redes sociales. Uno de sus clips en TikTok tiene casi 11 millones de visitas. La explicación del impacto logrado es tan simple como llamativa. Halagos inesperados, reconocimiento público, palabras de afecto. Un oasis en un desierto de indiferencia, individualismo y violencia.  ¿Porque… quién no sucumbe a un gesto amable? ¿Quién no se sonroja, sonríe y agradece? ¿Quién no necesita el reconocimiento del otro?  

La maravillosa idea de este café en Dallas pone en evidencia cuán  exóticas son la amabilidad y la empatía, y al mismo tiempo… cuánto las necesitamos! Soy usuaria de los espacios públicos de mi ciudad tanto como ustedes. Cuando digo que los “uso” significa en realidad que me los “apropio”, los “vivo”, los “disfruto”, los hago míos. Y es en estos espacios donde mi identidad se completa, donde deposito sueños y recuerdos, porque por estas calles han transitado mis abuelos que ya no están, y donde mis hijas aprendieron a andar. Aquí es donde soy quien soy, por elección genuina. Y es donde quiero ser vista, reconocida por mis pares, mis vecinos y los extraños que me cruzan en el camino. Donde quiero ser tratada con respeto porque eso me hace más feliz.

La campaña de Lalaland es sin duda una fuente de inspiración y me hizo pensar en la necesidad de normalizar la amabilidad como usuarios del tránsito, de empezar a reconocernos, a cuidarnos entre todos. 

De gestos tan sencillos como elocuentes se nutre la trama de nuestra convivencia en el espacio público. Y de imitación también. Algunos autores observaron un comportamiento de “imitación social” en personas que repetían la conducta de no respetar semáforos, girar incorrectamente, cuando observaban esta acción en conductores de vehículos predecesores mientras que otros sostienen que hay mayor probabilidad de utilizar un giro en una intersección si el vehículo que está delante de nosotros a una distancia no mayor de treinta metros realiza la misma acción.

También hay estudios que demuestran que el uso del cinturón de seguridad por parte de algún ocupante influye en el uso del mismo por los demás ocupantes de un vehículo. Esta forma de imitación social es también una forma de aprendizaje, es decir, una manera de adquirir nuevas prácticas. Lo que los otros hacen modela nuestra conducta. Se generan comportamientos nuevos que hasta entonces nunca habían sido ejecutados.

El 10 de junio es el Día de la Seguridad Vial en Argentina. Es un mes en el que reflexionamos sobre cómo mejorar el tránsito y disminuir la cantidad de personas que perdemos año tras año en hechos de tránsito.  La idea de la campaña y por qué no de este artículo es entusiasmar, causar un impacto positivo en las personas a través de actuar, imitar y contagiar, reconocernos simplemente humanos, vulnerables, prioritarios. Normalizar el respeto.

Actuar responsablemente es, en definitiva, respetar las normas de tránsito y convivencia vial. Replicar prácticas responsables. Normalizar cuidarnos, ya sea deteniéndonos ante la luz roja del semáforo, reducir la velocidad y achicar la brecha máquina-humano, no ingerir alcohol al conducir, ceder el paso aún a pesar de los apuros cotidianos, y otras normas en cuya finalidad subyace el respeto por la integridad propia y ajena.

“No sólo alegras el día a alguien, sino que esa persona está en un mejor lugar para salir y alegrarle el día a otra persona. Y cuanta más gente comience a hacerlo, realmente cambiará el rostro de nuestra sociedad”, dicen allá por Dallas. 

Y por acá nos proponemos el desafío de simplemente salir (o entrar) al espacio público y sostener pequeños pero significativos gestos de empatía, ya sea que nos traslademos a pie, en auto, bici, moto, camión o colectivo. Desparramar cortesía, como si el otro fuera yo mismo. Y seguro que logramos mucho más que alegrarle el día a alguien, quizás logremos transformar esta realidad que necesita más ejemplos a seguir.

 

CR

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