El malestar en la ciudad: Los autos

Nada urbano me es ajeno

El malestar en la ciudad: Los autos

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“Nadando en una ciénaga de macadam
no quiero estar tranquilo ni quiero paz”
Riff

Por Mariano Tonero

Ha llegado a ser evidente que existe un malestar en la ciudad. Un descontento con las formas de vida que impone. Y los autos, el blanco de casi todas las broncas.

Se habla incluso de un “autocentrismo”. Es que a tal punto han desplazado al ciudadano del centro de cualquier política urbana que el resultado es no sólo un aumento de la velocidad de circulación sino también más determinantes formas de intervención urbana por parte de los planificadores. Y es ahí donde ese malestar se muestra más claramente bajo la forma de la impotencia.

La velocidad, se sabe, tiene lamentables consecuencias en el incremento de la siniestralidad vial. Pero además, de algo nos despoja esa velocidad impuesta, ese tiempo devenido en rapidez. Algo no podemos. Arrojados a la ciudad cuyo tiempo es el tiempo de otro, un tiempo inorgánico, no hay lugar para el paseante, el caminante o el peatón. La rapidez con la que se circula y la velocidad con la que se construye para esa forma de circular, no permite su asimilación por parte de la conciencia de a pié. Por eso quedamos expuestos a una doble privación. Por un lado, y dado lo inhabitable del tiempo urbano, despojados de una experiencia gozosa de la ciudad que exceda el mero circular y la mera función. Y por otra parte, privados de hacer uso de una facultad común, que podemos llamar imaginación ciudadana, de pensar en qué ciudad queremos vivir y el derecho a participar en la implementación de políticas para realizarla.

Pero digamos algo más. Para modificar las pautas de movilidad de los ciudadanos, no basta con impugnar el automóvil. Porque en efecto, la preferencia del automóvil nos viene dada. Incluso podemos decir que más que una preferencia es una fatalidad. No queda otra si estamos a merced de las fuerzas que determinan el orden de la ciudad. Sí, porque a pesar del caos toda ciudad entraña un orden. Y éste quizá sea el orden de las personas reducidas a datos, condenadas a fluir a un tiempo hostil e inconcebible. ¡Y a no llegar nunca! Porque ese mandato de rapidez tiene un reverso paradójico: el embotellamiento.

Entonces, si el imperio del automóvil se asienta sobre condiciones sociales, históricas y económicas; si su hegemonía se basa en los atributos identitarios y de status que se le han conferido, las estrategias de acción no pueden prescindir de ninguna perspectiva. Pero está claro y debemos admitirlo: no hay modelos exitosos que se puedan trasplantar, ni recetas, ni pequeñas acciones individuales que reviertan o mitiguen la concentración económica y su consecuente modelo circulatorio. Pero tampoco, y por suerte, un paraíso perdido por recuperar. Quizá se trate de perspectivas de un tiempo urbano no sólo cronológico; una superación del falso dilema entre nostalgia conservadora o progresismo reaccionario. Un tiempo de invención con memoria, de reactualización de las raras experiencias de la historia donde la ciudad se pensó comunitariamente. Un tiempo hospitalario de lo distinto, una ruptura con la repetición y una rebeldía frente a lo que hay mantenido como tal por el sólo efecto de la dominación. Un tiempo urbano capaz de alojar las más osadas, las más libres, las más impensables formas de buen vivir en la ciudad.

 

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