¿Comunicación en transparencia o prácticas conscientes desde los medios?

¿Comunicación en transparencia o prácticas conscientes desde los medios?

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Por Celina Ruiz

En el prime time de la televisión argentina la conductora del noticiero levanta polémica. Es 2020 y la restricción a la circulación vehicular es total por la pandemia. Una pareja es detenida en un control policial en Camino de Buen Ayre, lleva a sus hijos en el baúl burlando los controles para ir al cumpleaños del abuelo. La periodista protagoniza un comentario tan arriesgado como irresponsable: “A uno le parece una locura, ¿pero qué delito estaban cometiendo? Querer ir a ver al abuelo en el cumpleaños”.

En estas páginas seguramente hemos leído a nuestro antropólogo de cabecera, Pablo Wright, asumiendo que “las conductas humanas están determinadas por prácticas sociales, que se van delineando por la construcción de sentido de las mismas. Las prácticas sociales son rituales a través de los cuales vivimos. Y nos desplazamos a través de esas prácticas que fuimos aprendiendo con otros en el marco de la interacción social, el hábitus vial”.

Esta idea de práctica social que se hace en transparencia, en automático, sin poner en juego la reflexión me parece un punto importante para recuperar en este espacio. Porque la comunicación, muchas veces, también se ejerce en transparencia.  

Los conceptos de riesgo y seguridad son construcciones sociales y cada sociedad asigna valor a ciertos hechos y acontecimientos y los eleva a la categoría de problema social o no. ¿Qué cosas nos preocupan? ¿De qué nos protegemos? ¿A qué se destinan recursos y políticas públicas? En este complejo entramado de toma de decisión los medios son protagonistas ya que contribuyen a determinar, por ejemplo, las percepciones de riesgo y seguridad.

Analicemos por un minuto de qué hablamos cuando hablamos de inseguridad. Estamos acostumbrados a referirnos a la inseguridad como aquel conjunto de hechos delictivos, hurtos, homicidios, violencia callejera y, en menor medida, a cuestiones más estructurales tales como el narcotráfico y problemáticas ambientales, pero la cuestión vial no suele ocupar un lugar en los debates acerca de la inseguridad. Asimismo, es muy sencillo identificar en los diarios noticias relacionadas a la violencia, pero pocas veces referidas a la violencia vial, la cual muchas veces no es considerada como una expresión más de la violencia, así como la violencia de género, la violencia infantil, la violencia o acoso laboral, etc. Definitivamente la violencia vial no cuenta con un lugar en las configuraciones discursivas de la noticias.

Esto desde ya no es responsabilidad exclusiva de los medios de comunicación, está el Estado como primer interlocutor y sus representantes expresados en dirigentes y partidos políticos. Sin embargo, los medios pueden y deben colaborar en la inclusión de la problemática vial como un eje más dentro de la cuestión de la seguridad y de la violencia, lo que supone pensar que es una problemática que pone en riesgo a la población y que debe ser fuertemente prevenida, sobre todo si tenemos en cuenta que los hechos viales son la primer causa de muerte de personas jóvenes. 

¿Pero cómo? Derribando la evidencia del sentido común. Desarticulando supuestos y mitos. Muchas de las cosas que decimos no son LA realidad. Esto que escuchamos habitualmente “el casco no me permite ver ni oír correctamente”, corro más peligro si uso el cinturón porque en caso de choque puedo quedar atrapado y morir, puedo proteger a mi hijo en brazos si lo sostengo fuerte, etc. 

En el marco de la problemática vial, los comunicadores tenemos la oportunidad de influir, de transformar. Crear una nueva realidad frente a la movilidad y los desplazamientos donde la población pueda distinguir lo que sucede y las consecuencias de ciertas acciones. Somos un servicio social con una enorme función social. Tenemos la responsabilidad de orientar las conductas hacia el cumplimiento de las normas y el cuidado de la vida.

Tenemos que desmitificar estos discursos de riesgo, desalentar la concepción azarosa de los siniestros viales, esta afirmación que aparece en muchos titulares: “es una tragedia”. No, es una construcción, una confluencia de distintos factores, tenemos que poder verlos y analizarlos. La doxa versus la episteme. Los comunicadores tenemos que ser capaces de apoyarnos en los análisis, en los datos, en las estadísticas. Construir comunicaciones que sean proactivas, que no aventuren opiniones ni reproduzcan discursos peligrosos. Que apunten a generar empatía con los ciudadanos. Que logren informar y persuadir. Que logren transformar.

Nombrar para crear

Las palabras no son neutrales. Encierran un universo de sentidos. Y así como pudimos reemplazar la expresión crimen pasional por femicidio, en la problemática vial tenemos que instalar palabras que nos ayuden a desarticular discursos de riesgo, lo cual, personalmente creo, va mucho más allá de dirimir la clásica disputa accidente-siniestro.

Es incorrecto titular la niebla se cobró dos víctimas, o 3 vehículos chocaron, o terrible tragedia. Tenemos que dejar de hablar de destino, de azar, para empezar a hablar de causas, de factores que conjugados de determinada manera dan lugar a la ocurrencia de un hecho con consecuencias que se podrían haber evitado.

¿Y el Estado?

El Estado es imprescindible para dirimir esas luchas de sentido por el bien común y colectivo. El Estado ocupa un lugar muy importante en la comunicación de aspectos relacionados con la movilidad segura. Es quien tiene los recursos materiales y simbólicos para posicionarse como referente y palabra autorizada en aquellos ámbitos que mejoran la calidad de vida de la gente como salud, educación, seguridad. Es quien debe jerarquizar la comunicación de lo vial, sistematizar prácticas, encontrar rutinas que permitan legitimar un discurso del cuidado y la responsabilidad. 

El Estado es responsable de generar una política de comunicación sólida sobre la movilidad segura, es quien debe dar el marco teórico para acompañar las acciones de otros actores, como por ejemplo, los medios de comunicación de masas, las instituciones, las ONGs, y juntos, en forma articulada, resignificar esos aprendizajes erróneos que hemos naturalizado a lo largo de las últimas décadas para que nuestra forma de movernos por el espacio público deje de ser noticia.

 

CR

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