¿Cómo construir ciudades habitables para las niñas y los niños? 

¿Cómo construir ciudades habitables para las niñas y los niños? 

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  • ¿Que lugar ocupan las niñas y los niños en el planeamiento urbano?
  • La metáfora del sillón de Rodari
  • ¿Cómo es una ciudad pensada para los menores?
Virginia Giacosa

Hacer la prueba de leer a la ciudad como una cartografía nos abre preguntas acerca de cómo proyectamos su fisonomía. Y si utilizamos el enfoque de derechos de niñez y adolescencia como clave de esa lectura, la pregunta es: ¿cómo construir ciudades habitables para las niñas y los niños? 

La gran preocupación del mundo adulto en las sociedades contemporáneas (y más aún en medio de una pandemia global como la actual) es la pasividad de los niños, la falta de movimiento, la quietud frente a las pantallas. Sin embargo, la interpelación que podríamos hacernos es si las viviendas, los barrios, los colegios e incluso las ciudades están adaptadas al juego. Y si acaso el mundo adulto está abierto a permitir la curiosidad y la exploración de los trayectos.  

“Lo que determina la construcción de los espacios, su estructuración, sus elementos, no es nunca la capacidad de habitarlos, de disfrutar de ellos, de jugar en ellos. ¡No compramos el sofá para que el niño salte encima! Lo adquirimos porque es bonito y queda bien. Y así, el sofá se convierte en su enemigo, pero en él puede sentarse a ver la televisión”, leo en el libro Escuela de fantasía de Gianni Rodari.

Me detengo en la imagen del sofá con la intención de hacerla funcionar como metáfora para pensar en el diseño de las ciudades que muchas veces esconde una engañosa idea de confort. Al comienzo puede parecer un sitio mullido pero más temprano que tarde descubrimos que no toda superficie acolchonada goza de la flexibilidad que necesitamos para deslizarnos. Entonces ese territorio que parecía exactamente hecho a nuestra medida se nos vuelve estático, rígido, recortado, intransitable y, por qué no, inseguro. Una geografía quieta que devuelve una imagen: la de la huella gastada de nuestro contorno como rastro de haber pasado largas horas ahí. Pero sin signos del disfrute ni de las transiciones. Es decir, sin incluirnos por completo. 

Foto: GCBA

¿Cuál sería entonces la manera de planificar urbanamente una ciudad más amigable para niñas y niños? ¿Cómo debería ser diseñada para alcanzar el bienestar que necesitan las infancias y adolescencias para su desarrollo? ¿Deberían ser niñas y niños el indicador a la hora de construir cada uno de sus espacios? 

Para UNICEF una Ciudad Amiga de la Infancia es cualquier ciudad, pueblo, comunidad o sistema de gobierno local comprometido con el cumplimiento de los derechos de las niñas, los niños y los adolescentes de acuerdo a la Convención sobre los Derechos del Niño. ¿Qué significa esto?

Se espera que una ciudad pueda devenir en espacio de juego y convivencia para favorecer la participación de niñas, niños y adolescentes en el ámbito público y para promover su desarrollo y crecimiento. Pero el mayor desafío es pensar que chicas y chicos no son objetos sino sujetos activos de las políticas públicas y de las prácticas sociales. Y como aquel sofá de Rodari que se le retacea al salto de niñas y niños, el espacio público no es neutral. La ciudad también es un lugar que a veces se nos presenta limitado, cercado, restringido, en tensiones.  

Como parte de una sociedad adultocéntrica, pero ante todo capitalista y patriarcal, el diseño del territorio local está marcado a imagen del varón blanco y heterosexual. Configuración que no hace más que profundizar desigualdades, contrastes (la privatización del espacio público) y violencias (algo que no es excluyente de Rosario sino que es parte de una transformación social y política de todas las ciudades de América Latina en el siglo XXI). 

Los metros cuadrados de zonas verdes, la presencia de baños públicos y la forma de segmentarlos, la ausencia de cambiadores de bebés en los que no son destinados a mujeres, las paradas de colectivos, la iluminación de las calles, los bancos de las plazas, los espacios de juego, las bicisendas, el estado de las veredas para transitar con coches y carritos, el transporte público y la accesibilidad para cargarlos junto con los niños, son evidencia de que tanto caminar la ciudad como sentarse para observarla muestra que las formas de habitarla depende de algunas variables como: la edad, el género, la clase social, la diversidad funcional, la etnia, y la identidad sexual

Las ciudades, al igual que las infancias, deben ser leídas no como una categoría homogénea sino en la multiplicidad de sus diversidades. Como no existe una única manera de ser niña o niño, tampoco hay una única ciudad a recorrer sino que la mayoría de las veces hay muchas y muy distintas aún dentro de la misma. 

¿Las ciudades están adaptadas al juego?

Es por eso que cuando pensamos en ciudades amigas de niñas y niños no basta con ampliar los metros cuadrados de juego para que sean incluidos. El enfoque debe estar puesto (sobre todo en los gobiernos locales que son quienes tienen que dar respuesta a esa pluralidad de demandas) en mejorar la igualdad de oportunidades de esas niñas y niños para llegar a ocupar los espacios que les pertenecen. 

Es central pensar desde la interseccionalidad para garantizar el acceso y la movilidad de todas y todos. Porque como no es lo mismo ser niña o niño del centro de la ciudad que ser niña o niño de la periferia, tampoco es lo mismo que esos espacios de recreación sean ubicados geográficamente en el corazón que en los bordes de la urbe. 

Mejorar la movilidad de niñas y niños es también mejorar la de madres, padres y cuidadores garantizando infraestructuras, servicios de transporte diseñados para ellas y ellos.

Y por último, es fundamental brindar cuidado a quienes cuidan. Estado, sociedad y familia deben ser pensados de manera articulada como parte de un mismo sistema de cuidado sin que la organización recaiga sólo en la familia y fundamentalmente en el rol de las mujeres como los tiempos de covid19 han dejado más que antes en evidencia.

Por eso, diseñar una ciudad habitable para niñas, niños y adolescentes va más allá de lo pintoresco de un parque. Como en la imagen del sofá de Rodari necesitamos correr el límite. Ir más allá para que lo bonito no nos tape el acceso libre e igualitario.

 

Fotos: GCBA y Unicef

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