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Bicicletas para la ciudad

 

Nada urbano me es ajeno

 

Bicicletas para la ciudad

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Por Mariano Tonero

En este espacio no pretendemos innovar ni esclarecer. Estamos acá para continuar (por otros medios) una conversación que, como toda conversación, en última instancia versa de buscarle la vuelta, de compartir estrategias para vivir y salir adelante. 

En esta ocasión, con el Foro Mundial de la bicicleta que se realiza en Rosario como escenario, nos convoca el tema de las bicicletas. Decimos “bicicletas”, en plural, para evitar la tentación por las abstracciones y para anticipar de alguna manera un texto compuesto por comentarios de distinta naturaleza. Entonces, las bicicletas.

Las hay para todos los gustos, usos y modas. Medio de transporte, recreación o entrenamiento, se conocen hasta proyectos de cine-cicleta. Pero una cosa inexplicable son las bicicletas fijas. No es que necesariamente haya que ir a algún lado; hay quienes encuentran en el pedalear un fin en sí mismo. Pero seamos buenos, ellas requieren cierta exterioridad. 

De hecho, no pocos piensan que hay que darle más lugar en la ciudad. Es cierto, han quedado relegadas, cuando incluso de alguna manera las bicicletas son hijas de la ciudad moderna. Porque aunque no parezca, nuestras ciudades son mejores para las bicicletas que para otras cosas. Las calles angostas y largas diseñadas en la época de los caballos, parecen pensadas para otear peligros a lo lejos. Para echar ruedas. No para detenerse, no para contemplar. De ahí la falta de perspectiva para elaborar un criterio de lo bello que supere lo alto o lo caro en nuestras construcciones.

A esta altura todo el mundo conoce sus beneficios, los individuales y los sociales, las ventajas espirituales y urbanas de las bicis. Se han dicho cosas interesantes sobre su nobleza, sobre su importancia para la salud y para reducir la huella de carbono. Y existen personas comprometidas con su causa. 

Es que son un gran recurso urbano, muy potente (que no es lo mismo que decir fuerte). Sin embargo, aunque a menudo se confunda empoderamiento con prepotencia, quizá no se trate de conquistar la ciudad. A lo mejor el pedaleo tiene un mensaje respecto de dominar nuestra pasión por dominar. De transformar la relación que tenemos con la ciudad. Porque es una actividad que reclama y compromete todos los sentidos. Por ello debemos estar atentos de no trocar autonomía por solipsismo, otra frecuente confusión.

Por eso las bicicletas estarcidas por el artista Fernando Traverso significaron para muchos de nosotros una revelación urbana en Rosario. En primer lugar porque esas intervenciones subrayan el carácter igualador de las bicis, en este caso frente al terrorismo de estado. Como en la canción “Los dinosaurios”, el miedo y la posibilidad de desaparecer alcanza a todos. Pero por otra parte las bicicletas fungen de dispositivo de memoria, y la estampa de una bicicleta sola es el símbolo de un desprendimiento emotivo, cuando se ha intentado cortar la cadena del recuerdo.

Las bicicletas grafiteadas, con la carga siempre enigmática y provocativa del grafiti, movilizan la idea de que toda ciudad produce exclusiones, omisiones y olvidos, pero que hay una voluntad de permanencia, de perdurabilidad de una cultura siempre amenazada. Y a la vez que pronuncian su insatisfacción por esas formas de vida que no están pudiendo ser contenidas, presagian que la ciudad no lo ha dicho todo, y que hay memoria y que habrá nuevas formas de decir la ciudad que queremos.

MT

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